Algo eléctrico. Los destellos interminables en el Catatumbo

Cuando vas rumbo a occidente por vía terrestre, desde la carretera puedes divisar a lo lejos unos destellos que rompen con la monotonía de la noche. Eso no es más que el fenómeno natural de los relámpagos de Catatumbo, un evento natural que ocurre cerca de 300 noches al año.

Si lo que quieres es ver relámpagos, el Parque Nacional Catatumbo es el sitio obligado. Ubicado al sur del estado Zulia en Venezuela, esta zona fue declarada por la NASA en el año 2013, como número uno de una lista de los lugares con mayor presencia de rayos y relámpagos sobre nuestro planeta. Según los datos obtenidos en el proyecto TRMM (Misión de Medida de Precipitaciones Tropicales) de la NASA, en este destino venezolano se encuentra la mayor concentración de rayos en todo el mundo (pues cada año ocurren en promedio 297 tormentas eléctricas). Aunque no parece un número tan grande, lo que sucede aquí no es cualquier cosa, ni para la vista ni para la ciencia.

Hay algo eléctrico...

Recordando a la banda venezolana Aditus, a veces, cuando conoces a alguien especial, tus vellitos saltan, y a veces, hasta aparecen chispitas. “Algo eléctrico” y así de amoroso es lo que sucede aquí entre el cielo y la tierra. Imagina una zona pantanosa, húmeda y caliente bañada por los vientos cálidos del mar y que es abrazada un sistema montañoso (Sierra de Perijá y Sierra Nevada) que forman una suerte de herradura. Allí, del cielo convergen los vientos fríos cargados de electricidad que vienen del norte. El choque de ambas temperaturas atmosféricas, especialmente en las madrugadas, junto con la presencia inusual de gas metano en el ambiente, hace que se produzcan de manera permanente los rayos y relámpagos. 

Aunque para los científicos todavía hay mucho que estudiar, algunos especialistas afirman que aquí también puede intervenir alguna fuente geomagnética (como las que perciben los turistas en Canaima) que produce cargas iónicas en el entorno.

Más allá de la ciencia

La experiencia de ver este fenómeno en persona no tiene igual. Empezando por la travesía que haces desde Puerto Concha hacia el pueblo de Ologá. En el trayecto verás la inusual combinación de bosques ribereños, pantanos y manglares que aparecen mientras navegas por el delta del río Catatumbo, hacia su desembocadura con el lago de Maracaibo (el más grande de Sudamérica). 

En el recorrido te saludarán varias de las aves como tucanes, guacamayas, loros, y águilas caracoleras. Si tienes suerte verás chicagüires, un  ave acuática en peligro de extinción. También algunos mamíferos del lugar como araguato o mono auyador. También algunos mamíferos del lugar como araguato o mono auyador. Esta biodiversidad solo se compara a la que ofrece el Parque Nacional Morrocoy.

Al llegar al pueblo, dormirás en un palafito (casa sobre el agua). Te contagiaras con la fortaleza y templanza de unos pobladores, que subsisten de la pesca, con casi ninguno de los beneficios de la vida moderna. Allí, en medio de ese perseverante pueblo, despertarás a media noche para reconectar con la naturaleza, y mirar como el cielo y la tierra se acarician. En ese proceso todo “explota”. Rayos y relámpagos, acompañados de truenos es la muestra que el encuentro es intenso. 

Para los indígenas barí, antepasados originales de esta tierra, estos relámpagos son producidos por millones de cocuyos que van al Catatumbo a rendir tributo a los padres de la creación. Sea un acto amoroso o reverencial, estar allí es experimentar el poder creador de la naturaleza.

Dato curioso

El lugar donde se concentran la mayor cantidad de rayos es la Reserva las Ciénagas de Juan Manuel, en la cual se han reportado 220 especies de aves, 75 mamíferos, 22 reptiles, 10 anfibios, y 28 especies de peces. 

Visitar los relámpagos del Catatumbo es experimentar uno de los fenómenos naturales más increíbles del planeta, que además tiene gran valor ecológico por su capacidad para producir ozono. Por eso, sentimos orgullo de que nuestro país, además de hermoso, somos parte del pulmón del mundo (y si no me crees mira la Gran Sábana). 

Alejandra Fernández